La profesora diferente
Por Olga Lidia Pérez
Cuando todavía no nos había dado
clases, ya era para nosotros, estudiantes entonces de los primeros años de
Lengua Francesa en la
Universidad de La
Habana, una profesora singular.
No conocíamos bien su nombre. Era
tan solo una de las tres profesoras francesas que impartían clases en la Facultad de Lenguas, en aquellos
primeros años de la década del 80; pero que llegaba diariamente, no en las
guaguas -también entonces esquivas y difíciles-, ni un auto, sino en una bicicleta
pequeña, con un cesto delante del timón, donde transportaba documentos y bolso.
Ahora, treinta años después, nada
tendría de singular porque las bicicletas forman parte de nuestra cotidianidad,
pero en aquel momento llamaba inmensamente la atención.
Luego Wanda llegó a nuestra aula
y con ella, una dimensión diferente –hondamente humana- de la lengua, la
historia, la cultura y en especial la literatura francesa. Nos trajo a Flaubert,
explicado y disfrutado de un modo que no alcanzo a describir, pero también
canciones francesas para niños, clásicas, bien conocidas, que nos cantó y nos
hizo cantar para quedaran grabadas en nuestra memoria. Un hijo suyo, que tocaba
el piano –nos contó-, había grabado en un casete la melodía, el acompañamiento.
Un día, cuando debatíamos un
cuento que abordaba la ocupación alemana en Francia y ante una pregunta
seguramente ingenua de mi parte, y para que aprendiéramos a valorar los
acontecimientos en toda su dimensión, en todos sus tonos y matices, nos contó
una desgarradora historia de su propia familia de origen polaco y la barbarie
nazi.
Después nos graduamos y ella
siguió siendo Wanda Lekszycki, una respetada y querida profesora de francés de
ojos inmensamente azules. Solo después supimos que el hijo pianista se llamaba
Ernán, y el percusionista Ruy, y que su compañero era Leonel López-Nussa.
Años más tarde nos reencontramos
en el patio que comparten La Casa
de la Poesía y
el Centro Pablo de la
Torriente Brau. Estaba yo ultimando detalles para dar inicio
a un espacio que quincenalmente conducía entonces, la peña “Como un ave libre”,
y Wanda venía a visitar al Centro Pablo donde se preparaba una exposición de
homenaje a Leonel López-Nussa. A la emoción que viví al reencontrarla se sumó
el honor tremendo de tenerla sentada en el público de la Peña, porque tuvo la
gentileza de quedarse hasta el final y ofrecerme sus alentadoras opiniones.
Recientemente, al leer el
artículo “La familia de Wanda y Leonel” de Pedro de la Hoz, todas las nostalgias
volvieron de golpe, y quise entonces aportar modestamente y en su homenaje, mi
visión de una mujer singularísima que no solo fue “la madre de los muchachos,
con una sensibilidad especial para la música, (que) estimulaba al igual que
Leonel, el camino emprendido por sus vástagos”, sino también una profesora
excelente, una pedagoga que supo mostrarnos el alma profunda de las obras y los
hombres.
La Habana, 14 de septiembre de
2012
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